26/05/2009

Arder

Busco lo que arde. Lo que esconde dentro suyo la llama incandescente que destella, que no se apaga. Aquello que se atreve y se muestra por entre los intrincados laberintos que lo construyen. Que se descubre distinto, diferente, con esa rara sensibilidad que viene desde las profundidades y rescata para otros, lo que a simple vista no se ve.
Busco lo que arde, lo que hace arder, los que arden. Esos que escapan de la prolija linealidad, del fatalismo, de la previsible nada que anestesia vidas impunemente, esos que se rebelan y revelan pasión por lo que hacen y por lo que sienten, a pesar de todo, incluso de ellos mismos. Que viven su vida como pueden, no como dicen que debieran.Y aunque en perspectiva el ayer se vea desparejo, anárquico, ellos saben que todo puede leerse a través de las marcas que van dejando las pulsiones que dibujan los estadios del alma. Que avanzan torpes, atropellados, urgidos por no detenerse. Que lastiman -y se lastiman- en el intento, y muchas veces terminan consumiéndose en su propio fuego.Orfebres de palabras, de ideas, artesanos en el arte de expresar sentimientos. Provocadores irreverentes, decidores de lo intangible, de lo que nutre, de lo que hace funcionar el engranaje que da vida, lo que los hace -y hacen- volar sin despegar los pies del suelo.
Lo que arde, los que arden…Los que se salen de si mismos queriendo abarcarlo todo, sin dejar de probar cada sabor, cada aroma. Sin dejar de ver con sus propios ojos, eso que dicen que está ahí afuera. Y van por ello. Poderosa , embriagante sensación ésa, arder, sentir el fuego que subyuga, que nace desde el fondo, desde adentro, subiendo por las venas, recorriendo, invadiendo cada rincón, cada hueco, cada hendidura, cada doblez, cada pliegue del cuerpo que en ese minuto es todo llama, y como ella se eleva, desparramándolo todo, vaciándolo todo.
Llamas que atrapan y queman, que purifican.
Llamas en donde se muere mil veces, sólo para volver a nacer otras tantas.
Arder, arder entre la luz que ciega y el calor que abrasa.
Arder mil veces antes que entibiarse los sentidos, y resignarse a la vislumbre que apenas separa –trabajosamente- la luz de las sombras.
Arder, arder aunque sea un minuto, y después nada.
Sólo cenizas huérfanas, que en el último instante serán testigos de esa llama que una vez fué.


Hoy rescaté estas palabras mías, para mí.
Algunos porqués siguen dando vuelta.

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